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Nuestro Dios es misericordioso

“Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias y Dios de toda consolación.”
2 Corintios 1:3
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Hay días en los que uno no necesita que le den un gran discurso. Necesita que alguien se siente a su lado y simplemente diga: “Estoy aquí contigo.”

Hay momentos en los que las palabras sobran.

Quizás hoy estás pasando por uno de esos momentos. Estás cansado, preocupado, triste o tratando de mantenerte fuerte mientras por dentro sientes que ya no puedes más.

Y precisamente ahí aparece una de las cosas más hermosas de Dios: Él no es indiferente a nuestro dolor.

Pablo lo llama “Padre de misericordias y Dios de toda consolación”.

Mira qué palabras tan bonitas: toda consolación.

No solamente la que necesitamos cuando todo sale bien. También la que necesitamos cuando recibimos una mala noticia, cuando perdemos a alguien, cuando una relación se rompe, cuando cometemos un error, cuando tenemos problemas económicos o cuando simplemente estamos agotados de intentar que todo funcione.

La misericordia de Dios no significa que nunca tendremos problemas. Significa que no tendremos que enfrentarlos sin Él.

A veces creemos que tenemos que llegar delante de Dios con todo resuelto. Queremos presentarnos fuertes, con una fe perfecta y sin dudas.

Pero Dios conoce nuestra realidad.

Él sabe cuando estamos cansados. Sabe cuando una sonrisa esconde preocupación. Sabe cuándo decimos “estoy bien” aunque por dentro estemos luchando.

Y aun así nos recibe.

Eso es misericordia.

También hay algo que este versículo nos enseña: el consuelo que recibimos de Dios no debería quedarse solamente en nosotros.

Hay personas a nuestro alrededor que están pasando por cosas que no cuentan. Tal vez alguien en tu familia está luchando en silencio. Quizás un amigo necesita hablar y no se atreve. Tal vez esa persona que siempre parece fuerte está esperando que alguien le pregunte sinceramente: “¿Cómo estás?”

No siempre podremos solucionar los problemas de los demás.

Pero podemos escuchar.

Podemos acompañar.

Podemos orar.

Podemos mandar un mensaje.

Podemos sentarnos cerca.

A veces pensamos que para ayudar tenemos que tener las palabras correctas, cuando muchas veces lo que alguien necesita es saber que no está solo.

Y si hoy eres tú quien necesita consuelo, quiero recordarte algo: no tienes que sentir vergüenza por necesitar ayuda.

No eres menos cristiano porque estés cansado. No tienes menos fe porque hayas llorado. No significa que Dios te abandonó porque estés atravesando una temporada difícil.

Puedes acercarte a Él así como estás.

Con preguntas.

Con lágrimas.

Con miedo.

Con cansancio.

Dios sigue siendo tu Padre de misericordias.

Y quizás hoy no cambie inmediatamente aquello que te duele, pero puede darte fuerzas para atravesarlo.

Puede sostenerte cuando tus propias fuerzas no alcancen.

Puede poner a alguien en tu camino para acompañarte.

Y puede recordarte que, aunque esta etapa sea difícil, no tienes que vivirla solo.

Padre misericordioso, hoy vengo delante de ti tal como estoy.

No quiero aparentar que todo está bien cuando tú sabes que hay cosas que me están pesando. Tú conoces mis preocupaciones, mis cansancios, mis heridas y esas luchas que muchas veces prefiero guardar para mí.

Gracias porque contigo no tengo que fingir.

Gracias porque puedo llegar con lágrimas y seguir siendo recibido. Puedo llegar con preguntas y todavía encontrar paz. Puedo sentirme débil y aun así encontrar en ti un lugar donde descansar.

Señor, necesito tu consuelo.

Abraza mi corazón cuando las noticias sean difíciles. Sostenme cuando no tenga ganas de levantarme. Dame calma cuando mis pensamientos vayan demasiado rápido y recuérdame que no todo depende de mí.

Si estoy atravesando una pérdida, acompáñame. Si estoy preocupado por mi familia, cuídalos. Si tengo miedo por el futuro, ayúdame a confiar. Y si llevo una herida que todavía no sé cómo sanar, dame

Escrito por yeyo elim